viernes, 19 de agosto de 2011

HITLER Y BIN LADEN


La censura inquisitorial y democrática en la que vivimos, así como las incesantes demonizaciones que ha recibido mi persona por parte de los medios sionistas con tanta influencia en nuestros sistema político, periodístico y judicial, obligan a una lamentable aclaración previa antes de escribir esta nota cuyo título reconocemos que en un medio como el nuestro no acostumbrado a la reflexión puede resultar al menos llamativo e impactante.
No somos nazis en tanto no somos racistas, no somos fundamentalistas islámicos en tanto continuamos siendo católicos. Pero no por esta situación de hecho estamos obligados a manejarnos con los lugares comunes establecidos por el sistema imperante. Somos personas libres por lo que consideramos que, aun si fuera cierto que se tratase en ambos casos de tremendos asesinos y genocidas, ello no representaría una razón suficiente como para privarnos de un análisis objetivo tratando de establecer las semejanzas y disonancias que existen entre ambas figuras sin tener tampoco que acudir a su vez a todas aquellas sagas que respecto de los mismos se han venido elaborando, en connivencia expresa o explícita con los censores, acerca de la no muerte eventual acontecida con ambos o su obediencia a otros intereses que no habrían sido los propios, todo ello con la finalidad manifiesta de disminuirlos en su importancia.
Hitler y Bin Laden por igual murieron luchando contra los mismos enemigos, los que podrían ser divididos en tres partes diferentes aunque solidarias: el capitalismo democrático yanqui-europeo, el comunismo ruso y el sionismo judío. Sin embargo las diferencias entre ambos han sido notorias. Si el alemán lo hizo originariamente desde una perspectiva nacionalista que incluyó también una variable racista, ya que en tanto heredero del romanticismo germánico consideraba a su raza como superior a las restantes (‘lo alemán es sinónimo de verdadero y justo’ (Fichte)), el árabe en cambio formuló tal conflicto a partir de una cosmovisión religiosa que abarcaba, a diferencia del nacionalismo, en tanto fenómeno originario del Occidente, a un conjunto variado de etnías y culturas sumamente diferenciadas por lo que su lucha puede ser encuadrada, más que por intereses propios de una determinada nación o grupo de éstas, como un conflicto entre concepciones del mundo antagónicas. El fundamentalismo islámico, así como otras expresiones afines existentes en otras religiones, representa un intento de retorno a la propia ortodoxia y rechaza al enemigo antes mentado no en tanto opresor, acaparador de riquezas o territorios, sino en tanto que la concepción del mundo en que el mismo se asienta es de carácter secular y materialista y por lo tanto contraria a su religión trascendente. Sin embargo convengamos también que, si bien el origen del conflicto suscitado por el nazismo en contra de esas fuerzas antagónicas estuvo determinado por una motivación nacionalista, con el transcuso del tiempo y ya adentrada la Segunda Guerra Mundial se fue transformando de a poco en una lucha por concepciones del mundo, tal como se pudo percibir por ejemplo en la evolución acontecida en la fuerza de las SS que terminaron asumiendo los caracteres propios de un conglomerado plurinacional y multiétnico agrupados en función de un conjunto de principios comunes.
Formuladas las semejanzas y diferencias esenciales existentes entre ambos, debemos acotar también que, si bien los dos tuvieron los mismos enemigos, la estrategia que formularon en contra de éstos fue sustancialmente diferente, así como también los resultados obtenidos. Si el nazismo, en tanto determinado por un influjo irracional y nacionalista cometió el error garrafal de enfrentar a los tres al mismo tiempo, dando ello por resultado imaginable una contundente derrota ante fuerzas inconmensurablemente superiores, el fundamentalismo islámico en cambio tuvo la gran sagacidad de ir combatiéndolos de a uno por vez y los resultados han sido por lo tanto sumamente diferentes. De acuerdo a una tesis propia también del tradicionalismo sustentado por Julius Evola el comunismo representa la última fase y más extrema de la decadencia materialista, de allí que si había que iniciar un proceso rectificador y correctivo había que comenzar luchando primero contra tal efecto último para ir remontándose luego hacia la causa final, concluyendo pues en aquello que es el origen último del problema. En la guerra de Afganistán, concluida en 1989 luego de casi 10 años de intensos combates, el fundamentalismo logró dar cuenta del comunismo ruso sucediendo así que tras ello dicho imperio se desmoronara raudamente.
Una vez terminada esa primera fase y a pesar de la manada de publicistas a sueldo o por simple vocación que manifestaron al unísono que en realidad los talibanes y Al Qaeda eran agentes de EEUU en tanto que habían eliminado a la URSS con la ayuda de la CIA, el paso siguiente fue dar cuenta de los mismos EEUU. Todo comenzó en Somalia en 1993 con una experiencia piloto que fuera el famoso operativo Halcón Negro en donde, tras derrotarse a una fuerza norteamericana de manera contundente, se logró hacerla salir de ese país, corroborándose así que se trataba de un tigre de papel al que se podía derrotar a pesar de toda la propaganda emitida en contrario. Para llegar finalmente a septiembre del 2001 fecha que puede sin más señalarse como un hito en la lucha de tal fuerza en contra de EEUU y la modernidad. Osama Bin Laden, que ha sido sin lugar a dudas un extraordinario estratega, tuvo por meta aplicar desde la perspectiva de su movimiento la misma estrategia que el Che Guevara sugería desde otro contexto: obligarlo a entrar en mil guerras para desgastarlo. Así fue como en octubre de ese mismo año lo hizo entrar en la guerra de Afganistán, luego dos años más tarde hizo lo propio con Irak y fue extendiendo los conflictos hacia otras regiones como el Magreb, Pakistán, Somalia, Yemen, etc. todos lugares en los cuales hay fuerzas norteamericanas operando por obligación. El resultado de todo ello ha sido un descalabro en todos los niveles que se percibe ya en nuestros mismos días. Antes del 2001 EEUU se reputaba como la superpotencia universal, ahora no sólo su economía crepita bajo la crisis galopante ocasionada por los inconmensurables gastos de una guerra de 10 años, sino que además se ha demostrado incapaz militarmente de acabar con una simple banda armada. Ya es una cosa admitida el fenómeno del ocaso del imperio norteamericano.
Pero faltaba el tercer enemigo, el que es reputado como la fuente de los dos anteriores: el sionismo judío *. Los múltiples intérpretes ‘geopolíticos’ y guitarreros que han abundando tanto en las filas de los pretendidamente alternativos y antiyanquis no se han cansado de señalarnos que el carácter regiminoso de la organización de Bin Laden habría quedado demostrado por el hecho de que nunca hubiese atacado a Israel, como en cambio lo habrían hecho otros regímenes como el de Saddam Hussein o el de Irán. Otro grave error de interpretación. Así como Bin Laden, a diferencia de Hitler, consideró que no había que atacar al poder norteamericano si previamente no se terminaba con el soviético, del mismo modo opinó que para vencer al sionismo era indispensable previamente dar cuenta de la estructura de poder que EEUU había armado en el Medio Oriente. Así pues una reciente revolución denominada como la ‘primavera democrática’ eliminó a dos de sus principales agentes, Ben Alí en Túnez y Mubarak en Egipto. Especialmente este último le brindaba a Israel una ayuda indispensable para seguir existiendo. A nivel económico a través de los gasoductos que pasan por el Sinaí y desde el punto de vista militar con un estricto control en la frontera de Gaza, así como Asad lo sigue haciendo en la del Golán hasta que triunfe la revolución que ha estallado en su contra, para evitar que desde allí circule una fuerza fundamentalista capaz de cruzar la frontera e inaugurar en tal territorio la experiencia kamikaze que tanto éxito produjera en Afganistán e Irak. Es esto lo que ha acontecido en los últimos meses tras la caída de Mubarak. Primeramente fueron destruidos los principales tramos del gasoducto del Sinaí y en esta misma región ha comenzado a operar una nueva rama de Al Qaeda conocida como ‘Al Qaeda en el Sinaí’. Ha sido esta organización la que en el día de ayer produjo su primer ataque en contra del sionismo eliminando en un operativo comando a 14 soldados de tal nacionalidad que iban de vacaciones. De este modo el 18 de agosto de 2011 será importante pues habrá significado el comienzo de la tercera etapa de la guerra llevada a cabo por el fundamentalismo, esta vez directamente en contra del sionismo una vez que se ha dado cuenta con uno de sus principales sostenes.
Finalicemos esta nota diciendo que otra diferencia entre el líder del nazismo y el de Al Qaeda es la siguiente. Si bien los dos murieron luchando por su causa en forma heroica, sin embargo lo que podemos acotar es que si tras la muerte del primero también se extinguió su movimiento en cuanto a posibilidades de eficacia, la muerte de Bin Laden, lejos de haber significado la extinción de su organización, ha en cambio multiplicado su influjo y operatividad.

• Otra diferencia que tenemos con el nazismo es que no nos reputamos antijudíos, sino solamente antisionistas, que es la forma actualizada que ha tenido en judaísmo en su proceso de secularización. Que a diferencia también con Al Qaeda consideramos que debería existir un frente interreligioso antimoderno del cual puede participar también el sector religioso del judaísmo que se opone a Israel.

Marcos Ghio
19/08/11

martes, 9 de agosto de 2011

REPORTE DE LA AGENCIA DE NOTICIAS KALI-YUGA

EL CICLO SE CIERRA

Por Walter Preziosi

domingo, 31 de julio de 2011

A PROPÓSITO DE LA MASACRE DE NORUEGA

(De pluma ajena)
La pesadilla es vuestra
-Pietrangelo Buttafuoco- 26 de Julio de 2011

En Il Foglio publicación italiana anticonformista

Poneos de acuerdo con vuestras pesadillas, queridos liberales de Occidente. Un masón admirador de Churchill que mata a ochenta y cuatro chicos en Noruega –y estamos hablando de un loco que habla la lengua de quien teme a Eurabia, afortunado eslogan de la llorada Oriana Fallaci –es cosa bien distinta de Osama bin Laden o de Rudolph Hess, dos a los que habéis borrado la tumba justo para hacer todavía más poderosos sus fantasmas, para mayor ganancia del parque de horror que gestionáis.


No vale acercar las fotografías del jeque armado con su kalashnikov a las del rubio biónico igualmente armado. Las dos imágenes no son especulares. Debéis poneros de acuerdo sobre con qué asustar y de qué asustaros porque cada fobia tiene su catálogo, no una misma fenomenología y si os habéis quedado sin el nazi-islam por la evidencia del reo confeso (qué ridícula de hecho todo esa repetición de mullahs de los periódicos liberales, específicamente de derechas, mientras las agencias emitían las noticias de la matanza que se estaba consumando) si entonces no tenéis al musulmán con el cual preparar la persecución, no podéis ahora salir del paso con el nazi-killer porque la sustancia es otra.


Sólo para empezar, ese, el noruego, sus trabajos de logia se los fabrica –o más bien, se los techa – con la Biblia en la mano que es vuestro libro, ¿no? E incluso ese guiño al white power no es la nación aria del Walhalla, no se trata de Thule ni del Carro de Krsna, sino de una variante del KKK, es decir, el racismo biológico de derivación protestante que es cosa cristianísima (incluida la cruz en llamas), óptimo para el folclore americano pero que no tiene nada que ver –en cuestión de filología y de historia –con todas las figurillas de las Legiones SS evocadas sin cuento porque, estas legiones habrán sido incluso el Mal Absoluto, pero eran tropas de asalto de un ejército transnacional compuesto por bosnios, indios, árabes, obviamente alemanes pero también turcomanos, tayikos, chinos, italianos, belgas, españoles, rusos, magiares, rumanos, mongoles, chechenos e incluso chamanes, una unidad de los cuales estaba compuesta por pieles rojas, con los cuales probablemente se habría creado el infierno sobre la tierra pero difícilmente una “nación blanca”.


Poneos de acuerdo entonces, especialmente vosotros, queridos liberales de derivación derechosa, para competir con vuestros exorcismos y resignaos a un hecho evidente: a fuerza de evocar los fundamentalismos, especialmente los inventados artificialmente, os nacen en casa fundamentalismos auténticos. Y con raíces ideológicas generadas por abortos monstruosos como es, antes de nada, la xenofobia. La xenofobia de los viñetistas del Profeta, la de quienes queman el Santo Corán, la de los miserables negocios electorales a los que siempre dais una palmadita afectuosa también vosotros, colegas periodistas de la opinión liberalcapitalista, por el servicial encargo que os hacen quienes luego se convierten en diputados, ministros y administradores del resplandeciente occidente: el de tener lejos a los sarracenos con vuestras fiestas del odio. Era de manual el editorial de Magdi Allam en el Giornale. Explicaba que la culpa de la masacre acaecida tenía que buscarse en la extrema liberalidad de Noruega, demasiado tolerante con los musulmanes y, por tanto, terreno de cultivo de los inquietos incapaces de sostener tanta multietnicidad. ¡Cuando se habla del Abad Vella! (cfr. “Il Consiglio d’Egitto”, Leonardo Sciascia).


Y mientras os ponéis de acuerdo con vuestras propias pesadillas, sin embargo, una cosa: no os equivoquéis hablando, nos soltéis ligerezas como la de colorear la biografía de este loco armado con Odín, con las divinidades nórdicas en general, con el panteón sacrísimo de hielo y luz, porque, precisamente –unicuique suum –Anders Behing Breivik, de hecho, por su parte, había escogido para sí la Biblia. Aquí no se quiere hacer la raposería de pagar con la misma moneda pero que no se venga hablando de citas equivocadas del killer sólo porque no os encaja la pesadilla con el fantasma. Por lo que a nosotros respecta, aquí se trata de poner un freno en nombre de y por la Tradición: el caso de Odín y de las runas no puede por tanto ser considerado como el escroto, casi una cubierta útil para tapar el mal allí donde faltan los utilísimos musulmanes a quienes adjudicar un exterminio. La Tradición, en definitiva, no se plantea nunca el bíblico problema de enderezar la madera torcida de la humanidad. Eso es asunto vuestro. La Tradición, precisamente, no es bíblica y sobre todo no admira a Churchill. Más bien contempla el Sol. Y el Carro de Krsna.

viernes, 22 de julio de 2011

RELIGIOSIDAD INDOEUROPEA

por Julius Evola

INTRODUCCIÓN

Este texto que presentamos a continuación tiene un valor especial en tanto que Evola rechaza aquí lo sostenido por un conocido suyo, el joven y talentoso Adriano Romualdi, muerto tempranamente de manera trágica, y por extensión por el maestro de éste, el pensador alemán Hans Günther importante investigador sostenedor de un racismo biológico.
Lo que ambos autores sostienen es la adhesión a una herencia común a los europeos que trascendería los distintos nacionalismos particularistas, tal es lo que denominan como indoeuropeo y respecto de lo cual se encargan de darnos una serie de caracteres que según ellos serían propios de tal raza. Evola, si bien concuerda con gran parte del valor que se atribuye a los mismos, pone en claro en este texto que él no es racista y que tales valores, si bien pueden haber tenido su manifestación (incluso mejor que en otros casos) entre tales pueblos no son exclusivos de ninguna raza en particular sino que forman parte del patrimonio de toda la humanidad en su conjunto. Es decir que él no cree en la existencia de razas superiores y considera que el fenómeno de la decadencia no es de carácter racial, como el producto de determinados mestizajes, sino que forma parte del mal uso que pueden haber efectuado determinadas comunidades de su libertad.
Y en segundo lugar considera que el término raza solamente tiene valor positivo por su carácter selectivo presente en el seno de cualquier comunidad, representando aquella condición propia de determinadas élites que poseen naturalmente ciertos valores que en los demás en cambio deben ser adquiridos a través de un largo aprendizaje. No es pues una categoría propia y común de un determinado pueblo, en este caso el indoeuropeo, sino que es una cosa que aparece en forma excelente y paradigmática solamente en algunos.
El tercer valor de este texto es el rechazo de Evola hacia la idea de lo indoeuropeo concebido como fundamento doctrinario a utilizar por parte de los pueblos que constituyen una determinada comunidad de naciones, lo que hoy ha dado en llamarse como la Unión Europea. Evola desdeña de tal posibilidad y considera que no es detrás de un ideal racial de superioridad lo que puede darle una unidad a su continente, sino en cambio el rechazo pleno del ideal democrático, aun concebido bajo la forma racista, a fin de que los hombres de raza verdaderos, las élites, sean los que efectivamente gobiernen. Hoy la quiebra de la unidad europea, su inminente colapso monetario, entidad en la que ésta se funda, le está dando plena razón a su escepticismo formulado hace 41 años respecto del ideal de Europa una sostenido en su momento también por los indoeuropeistas. (M.G.)


En el período anterior se sostuvo por parte del movimiento que estuviera en el poder en la Europa central la exigencia justa de que una lucha política no puede ser completa si no se encuentra fundada en una concepción del mundo. El término que habría de convertirse en un estereotipo, Weltanshcaung, significaba la actitud general que el hombre debía asumir no sólo ante el mundo y la vida, sino también en relación a los valores éticos y espirituales, en modo tal de abarcar en una cierta manera los mismos problemas religiosos. Y para llevar a cabo esta lucha en un plano superior se pensó que la mejor fórmula fuese la del retorno a los orígenes, es decir la remisión a las ideas y a la manera de sentir que fueron conocidos antes de que manifestasen todo su poder aquellos factores que han dado forma a la civilización última conduciéndola hacia el spengleriano ‘ocaso’ (espiritual) ‘del Occidente’.
Muchas veces sin embargo la mencionada orientación tuvo un aspecto ‘racista’. Se habló de ‘arianidad’, de herencia nórdica-germánica y de cosas similares. El peligro de una limitación de los horizontes debida sea al racismo, como a una utilización unilateral y tendenciosa de las ideas en función simplemente germánica, resultó algo sumamente evidente. Esto se nos aparece de manera notoria en un libro que en el Tercer Reich tuvo una gran difusión, El mito del siglo XX, de Alfred Rosenberg, el cual en el fondo era apenas una compilación basada en materiales de tercera mano sumamente heterogéneos. Menores reservas en cambio se nos imponen respecto de las investigaciones de un especialista, el profesor Hans Günther, autor de numerosas obras sobre las razas y las civilizaciones antiguas, comprendidas las de Grecia y de Roma. Es digno de mención un ensayo suyo en el cual trató de definir la concepción fundamental del mundo y la religosidad de los pueblos indoeuropeos manteniéndose en un plano desapegado de las contingencias políticas. Este ensayo ha sido reeditado (en una sexta edición) aun después de la guerra y ahora ha aparecido en una traducción italiana (para las Ediciones Ar) a cargo de Adriano Romualdi y Carlo Minutoli. El título originario de la obra era Frömigkeit nordischer Artung, es decir ‘La religiosidad de tipo nórdico’; el italiano es en cambio Religiosidad indoeuropea, modificación esta última que nos parece oportuna y que permite obviar las diferentes reservas que, en razón del uso del término ‘nórdico’, habría que hacerle a las tesis del autor. ‘Indoeuropeo’ es un concepto sumamente más vasto en tanto que el mismo retoma diferentes estirpes y civilizaciones pertenecientes a la raza blanca, comprendidas sus manifestaciones asiáticas (los Indoeuropeos de Irán, de la India, etc.) que son también tenidas en consideración por Günther, aun si nos queda el inconveniente relativo a la tesis respecto de que el núcleo originario formativo de todas estas civilizaciones hubiese sido de origen ‘nórdico’. Aun concediendo que tal término debe ser entendido aquí en manera particular, con referencia a migraciones de pueblos primordiales, en modo tal de no aplicarse meramente a las poblaciones nórdico-escandinavas o germánicas-septentrionales de los tiempos más recientes, sin embargo no puede dejar de haber a tal respecto algunos equívocos.
Los mismos podrían ser favorecidos en parte por el amplio “Ensayo sobre el problema indoeuropeo” de Adriano Romualdi que aparece como introducción del texto de Günther y que en cuanto a su extensión es más del doble del mismo. Se trata de una monografía desarrollada muy seriamente, con una amplia y variada documentación que retoma todo aquello que a partir de investigaciones filológicas, antropológicas, étnicas, históricas y culturales se ha manifestado respecto de los orígenes indoeuropeos, manteniéndose sin embargo la tesis nórdica con un notorio acento racista.
Pero independientemente de ello nos parece apropiado atenerse a la extensión propia del concepto de ‘indoeuropeo’ y no sin relación por lo demás con aquello que ha impulsado a la actual traducción italiana del ensayo de Günther. Se trata a tal respecto de la actitud de retomar la exigencia de la ‘lucha por la concepción del mundo’ en un marco ya no más germánico-nacionalsocialista, sino europeo. Escribe al respecto Romualdi (p. 6):
“Todos nosotros, y en particular nosotros, los de la nueva generación, sentimos que nos encontramos en una encrucijada histórica. Las antiguas perspectivas nacionales, tal como fuimos educados, se quiebran a nuestro alrededor por todas partes. Una autosuficiencia de la patria italiana, o francesa o germánica, y con ésta la particular interpretación histórica sea italiana, francesa o germánica, no existe y no debe existir más. Nacionalistas sin nación, tradicionalistas sin tradición, nosotros buscamos reconocernos todos en una patria y en una tradición más vastas”.
A tal respecto vuelve a proponerse la idea indoeuropea sea como mito de los orígenes comunes, sea como idea capaz de otorgarle un sentido a una unidad europea u occidental que no se reduzca a un conglomerado informe. Pero es justamente por ello que la connotación ‘nórdica’, a pesar de cualquier precisión que se efectúe, aparece como una cosa equívoca. Puesto que la mayoría no puede ser llevada a alguna referencia concreta, entre otras cosas incluso se hace ostensible que son justamente los pueblos europeos nórdicos (comprendidos a esta altura lamentablemente los mismos Alemanes) aquellos que son en la actualidad los últimos en sentir exigencias de tal tipo y en encarnar este tipo de concepción del mundo.
Pero ya a esta altura es necesario decir algo respecto del ensayo de Günther. En general, hay que resaltar que hubiera sido oportuno atenerse sobre todo a una consideración de carácter morfológico reduciendo al máximo los factores raciales, es decir definir sólo una cierta forma de los valores y del modo de sentir y de comportarse, presentándolo sobre todo como un ‘ideal’. En efecto se le podría formular a Günther una muy fundada objeción metodológica, resaltando cómo él muchas veces se mueva en un círculo vicioso. En efecto, él reconoce que las fuentes de su investigación no pueden estar constituidas por el material aportado por los pueblos nórdicos en sentido propio, incluso las antiguas concepciones germánicas habrían sido alteradas por aportes extraños, célticos y ‘druídicos’, incluso la mitología nórdica por excelencia, la de los Edda, sería muy poco utilizable como verdadero documento del espíritu nórdico; Günther considera como fuentes mejores aquellas que se pueden recabar del antiguo mundo helénico, romano, iránico, y en parte también hindú, dentro de cuyo conjunto él sin embargo opera una cierta discriminación: aísla ciertos elementos de otros, que se encuentran presentes pero que no pueden ser remitidos a una idea en el fondo preconcebida en forma apriorística como ‘nórdica’ (o ‘aria’ o ‘indoeuropea’), él los refiere a influencias extrañas, a alteraciones raciales producidas por cruzas, etc.: procedimiento equivalente a aquello que en lógica se define como petición de principio. Tal objeción perdería parte de su fuerza en el caso de que se tratase de una impostación esencialmente ‘morfológica’. Luego las referencias de Günther se refieren esencialmente a élites, y aquí vale como un postulado que es en las élites en donde se habrían conservado los valores de la raza originaria portadora de una superior concepción del mundo. Es así como Günther dice (pg. 116):
“En verdad mucho de aquello que nos es descripto como formando parte de la religión indoeuropea no es otra cosa sino la expresión de castas inferiores que habían aprendido a expresarse en lengua indoeuropea”,
lo cual es una señal del mencionado procedimiento de discriminar a priori. No hay pues duda de que por parte del autor se ha idealizado y generalizado mucho, haciendo silencio respecto de todo aquello que no se conformaba con su tesis.
En cuanto a las características que según Günther no serían indoeuropeas, hallamos la concepción de un Dios trascendente al cual uno se aproxima servilmente y por miedo, así como la concepción del hombre como mera ‘creatura’.
“Puesto que no es el siervo de un Dios soberano, el Indoeuropeo no reza prostrado de rodillas, sino de pié, con los ojos hacia el cielo y los brazos extendidos hacia adelante”. (pg. 122)
Él tiene un sentimiento de vinculación y de familiaridad con lo divino, con los ‘dioses’. El mundo para él no es ‘creado’, sino eterno, ‘sin principio’ y sin fin. No conoce un dualismo entre ‘este mundo’ y el ‘otro mundo’, por lo menos aquel dualismo a través del cual el primero es devaluado respecto del segundo y sólo en el segundo concentra el espíritu. En parte como consecuencia, no es sentido ni siquiera un contraste “entre cuerpo perecedero y alma inmortal, entre la carne y el espíritu”. Carecería pues de la ‘redención’, como del pecado, de la salvación por obra de un ‘Salvador’ y no como una “autoredención del alma que se purifica y se sumerge en lo profundo del propio ser” (tal sería la orientación del misticismo indoeuropeo), como aquella superación de las pasiones en la cual consistiera la vía del primer buddhismo y también del estoicismo. En cuanto al ‘pecado’, en la manera de sentir indoeuropea se sustituiría el concepto de ‘culpa’ por el de responsabilidad que un ‘alma noble’ es capaz de asumir.
Por parte del Indoeuropeo el mundo habría sido concebido como orden y como kosmos, como un todo formado por una ratio superior. Pero esta característica nos parece que no concuerda demasiado con la otra, indicada por igual por Günther, relativa a una concepción ‘agonista’: el mundo como arena de una permanente lucha, en correspondencia con “la vocación hereditaria y congénita al combate” por parte del Ariano o Indoeuropeo. En efecto, esta segunda concepción presupone evidentemente un dualismo, no la existencia de un orden racional universal, sino también la presencia de alguna cosa antitética respecto del mismo, del kosmos, contra la cual combatir. Mayores reservas impone luego la idea, para nosotros errada, de que los Indoeuropeos “habrían tenido siempre la inclinación en ver en la fuerza del Destino una cosa superior a los mismos dioses, sobre todo los Hindúes, los Helenos y los Germanos” (pg. 129).
No vemos cómo pueda fundarse una idea semejante, la cual, en todo caso ha prevalecido en áreas no reputadas propiamente como indoeuropeas (como en la tardía civilización etrusca y en la pelásgica, no-helénica y justamente Bachofen pudo mostrar el origen pelásgico, no-helénico, que en cambio Günther denominaría ‘no-nórdico’, de aquello que en la antigua Grecia se resintió de aquella oscura idea fatalista). Günther en cambio la conserva pues le sirve para indicar, como ulterior característica del hombre indoeuropeo, la aceptación del destino o el mantenerse inquebrantable frente al mismo:
“orgullosa fiereza con la cual se acepta el Destino que incumbe a la propia existencia, que él hace frente de pié manteniéndose así fiel a sí mismo” (pg. 131).
Por lo demás Günther opera un grave menoscabo de la herencia de la espiritualidad indoeuropea al negar y desconocer aquella que podemos denominar como la “dimensión de la trascendencia” en el orden humano no menos que en el divino (en donde reinaría el Destino y no una suprema libertad), no teniendo en forma apriorística para nada en cuenta testimonios múltiples y unívocos en un sentido opuesto. Por suerte Günther no ha insistido en una tesis anterior, según la cual los Indoeuropeos ‘nórdicos’ tan sólo cuando emigraron al Asia y al haber hallado tierras insoportables por el clima y ambiente fueron determinados a invertir su originario impulso de ‘afirmación de la vida’ por uno en el fondo extraño a su raza (artfremd), el de liberarse de la vida, comprendida ahora como ‘dolor’. De hecho un ideal fundamental indoeuropeo ha sido el de la “Gran Liberación”, de la conquista de lo Incondicionado (por ejemplo en el buddhismo de los orígenes), de la salida del ‘ciclo de la generación’ (en la Hélade).
Y esto ha sido así porque en Günther han tenido primacía ciertas preocupaciones ‘racistas’ las cuales a pesar de todo lo que hemos recién mencionado no han podido evitar terminar dándole un carácter naturalista a sus interpretaciones. Así pues, por ejemplo, para él resulta inexistente el hecho de que justamente en la tradición indo-aria la ‘vía de los dioses’ (deva-yana) que conduce hacia lo Incondicionado fue contrapuesta a la ‘vía de los padres’ (pitri-yana) que es la de aquellos cuyo destino es el de perpetuarse en la vida de su estirpe de aquí abajo.
Aquí es donde se hacen sentir las consecuencias de la presunta inescindibilidad entre cuerpo y alma, la cual termina coartando toda superior concepción de la inmortalidad. En el fondo Günther termina reduciendo los horizontes espirituales a una ‘inmortalidad inmanente’ (efímera), que consiste en la perpetuación y continuidad en la estirpe y en la raza, respecto de la cual un sujeto forma siempre parte, lo cual “en el orden de las generaciones produce perennemente la vida” (pg. 147). Si bien con intentos de mitigación, Günther termina viendo en el panteísmo, que implica una negación de toda verdadera trascendencia, un rasgo fundamental de la religiosidad ‘ariana’ (hallamos en él la expresión “inspirado panteísmo naturalista”), lo cual equivale a degradarla arbitrariamente, así como sostener un sospechoso ‘culto a la vida’ como contraparte. Es bueno tener presente que no se debe confundir con el ‘panteísmo’ una concepción sacralizadora del mundo, que fue propia de los orígenes y que debe decirse tradicional en sentido general, y que de ninguna manera debe sostenerse como una prerrogativa únicamente ‘aria’ o indoeuropea.
Es en el campo de la ética que en parte las caracterizaciones de Günther tienen un valor más convincente. Él habla de los ideales de la firmeza y de la grandeza de ánimo, de un natural dominio de sí mismo, de un también natural sentimiento de las distancias y de no promiscuidad, de la desconfianza por todo abandono del alma y por lo tanto hacia un desordenado, anhelante misticismo. Además, el sentimiento del honor, la disposición a la fidelidad y a la lealtad, una medida, consciente dignidad y la humanitas en la acepción clásica, el amor por la verdad y la repugnancia por toda mentira. La libertad es un ideal, sin embargo en la perspectiva indicada por el dicho de Goethe:
“Todo aquello que libera a nuestro espíritu sin elevarnos a un mayor señorío sobre nosotros mismos, nos corrompe”.
La ética que se articula en tales valores, para Günther sería ‘natural’ en el Indoeuropeo, no ligada a preceptos exteriores (así como la religiosidad indoeuropea sería ‘natural’ y no determinada por ‘revelaciones’).
En esto se puede estar de acuerdo tan sólo en parte, pero con referencia a una concepción no-racista de la raza. El ser ‘de raza’ en un sentido superior encuentra justamente como una cosa natural actuar y comportarse de una determinada manera, sin referencias externas. Pero aquí no es el caso de hablar de algo que sea propio de la ‘raza’ indoeuropea. Tales cualidades éticas naturales del ‘hombre de raza’, para dar un ejemplo, están también presentes entre otros pueblos (bastará tan sólo la referencia a la nobleza tradicional del Japón) y la mención a lo ‘tradicional’ no es una cosa extrínseca, a tal respecto se puede considerar también aquello que se convierte en congénito en base a una rigurosa tradición. En cuanto a la ‘nobleza’, resaltémoslo de pasada, es bastante curioso el hecho de que Günther hable frecuentemente del espíritu y de la noble ética de una “aristocracia campesina” (en todo caso, habría que hablar de una aristocracia feudal). Aquí nos parece percibir el eco de un slogan ‘racial’ del hitlerismo, ‘sangre y tierra’, por el cual en nombre de un determinado ‘arraigo’ y de una cierta política era liquidado el precedente mito de las razas arias originarias como las de los cazadores y conquistadores emigrantes ávidos de grandes distancias y de lejanos horizontes.
Se ha ya hecho mención al hecho de que para aislar los elementos ‘nórdicos’ Günther ha debido poner sistemáticamente a cargo de postuladas contaminaciones raciales debidas a cruzas y a influjos exógenos desnaturalizadores todo aquello que en las sociedades indoeuropeas, aun siéndoles cosas presentes de hecho, no correspondería a los mismos valores y comportamientos. Nuevamente esto delata la subyacencia del racismo biológico el cual tiene muy poco en cuenta el hecho de que las mezclas no son el único factor de alteración puesto que son posibles procesos de involución, de decadencia y de colapso en el contexto del mantenimiento de una suficiente integridad originaria de sangre. Ya al comienzo hemos notado que justamente los actuales pueblos mayormente ‘nórdicos’, que se han mantenido tales más que los otros, son particularmente insensibles a los ideales ‘nórdicos’ tal como Günther los define. En el contexto histórico bastará tan sólo recordar este ejemplo. Günther considera justamente como extraño a la línea ‘aria’ el espíritu de la Reforma protestante en razón de su exasperación de los conceptos del pecado y de la naturaleza irremediablemente corrompida del hombre, del confiarse a la sola fe, a la necesidad de la gracia gratuitamente acordada por Dios, de la servidumbre humana (de servo arbitrio- Lutero). Bien, la Reforma hizo pié sobre todo entre los pueblos alemanes y nórdicos, mientras que los pueblos más al sur o al occidente, a los que se reputa como alterados en mayor medida por cruzas, permanecieron refractarios a la misma.
Hacia el final de su ensayo (pg. 172) Günther escribe:
“Con el siglo XX los Indoeuropeos comenzaron a eclipsarse en el mundo de la espiritualidad y de la historia. Hoy en día todo aquello que en la música, el arte, la literatura (se debería agregar: la moral y las formas políticas predominantes) del ‘Occidente libre’ es reputado como particularmente ‘progresivo’ no refleja más una espiritualidad indoeuropea”.
Esto nos parece justo, pero tan sólo si somos capaces tal como dijimos de definir aquello que es indoeuropeo en términos esencialmente morfológicos y generales, sin estrictas referencias étnico-raciales. En cuanto luego a la capacidad de conjunto de los valores ‘indoeuropeos’ (también con el fin de superar alteraciones, unilateralidades o evidentes idealizaciones del tipo de las precedentemente mencionadas) de poder operar como una nueva solidaridad y unidad supranacional occidental, dados los tiempos actuales por los que transitamos, a diferencia de lo que dice Romualdi, somos sumamente escépticos: no creemos para nada que pueda visualizarse algún suelo apto de resonancia y cristalización.
Por lo demás, un análogo sentimiento parece manifestarse en el mismo Günther cuando en el prefacio de la última edición de su interesante ensayo (pgs. 105-106), al referirse “a nuestros tiempos, en la era del ocaso del Occidente Spengler dice: ‘Aun si aquello que permanece en el mundo europeo occidental tuviese que perecer por la carencia de verdaderos Indoeuropeos de raza, es decir de verdaderos Occidentales, permanecerá de todos modos un sentimiento arraigado en la tradicional espiritualidad indoeuropea, aquel sentimiento que fuera ya de los últimos Romanos, Romanorum ultimi, en un imperio ya no más ‘romano’ el sentimiento del carácter inquebrantable ante el destino… por lo cual ya Horacio exhortaba: Quocirca vivite fortes, - fortiaque adversis opponite pectora rebus!”
Una instancia de tal tipo, por lo demás recabable tan sólo por parte de pocos y quizás a ser modulada mayormente en el sentido de una desapegada impasibilidad, nos parece más realista que cualquier optimismo de trasfondo ‘nostálgico’ (en el sentido negativo dado a este término en relación a un cierto aspecto de ciertas orientaciones políticas italianas), con la correspondiente nueva evocación de los orígenes nórdicos.

Il Conciliatore, agosto 1970.

domingo, 19 de junio de 2011

EL FORTÍN

Nº 59 (Mayo-Junio 2011)

LA CLAVA
(Columna de combate doctrinario)

BIN LADEN Y LOS MILITARES ARGENTINOS
por Marcos Ghio
Días pasados en un interesante escrito, Cosme Beccar Varela hacía notar, glosando un dicho televisivo del periodista Lanata, la circunstancia peculiar y dramática al mismo tiempo por la que hoy en día, a diferencia de lo que aconteciera en otras épocas, el oficio militar ha caído en un descrédito tan grande en el seno de la sociedad argentina que cualquiera de su integrantes se siente en condiciones de poder execrar pública e impunemente a un general sin que éste atisbe ni siquiera a una reacción de defensa y que incluso se haya dado el caso de que el uniforme, que en otras épocas despertaba sentimientos de admiración, hoy por el contrario deba ser casi escondido y recluido en los cuarteles como un signo de vergüenza y humillación. (SIGUE)
ARGENTINA: A PROPÓSITO DE LA NUEVA DISYUNTIVA ELECTORAL
DEMOCRACIA E IMPOSTURA

2 de Mayo 2011
¡GLORIA AL HÉROE!

LA OLA DEMOCRÁTICA

LA GUERRA TOTAL (en 2011)
por Marcos Ghio

LA GUERRA TOTAL* (en 1936)
por Julius Evola

REPORTES DE LA AGENCIA KALI-YUGA
por Walter Preziosi

LA MUERTE DE OSAMA BIN LADEN Y LA GUERRA DE CIVILIZACIONES

LAS REPRESALIAS DE AL QAEDA

DOCTRINARIA:

ACERCA DE LA DEMOCRACIA.
EL IGUALITARISMO. DERECHOS Y DEBERES
por Eduard Alcántara

lunes, 30 de mayo de 2011

LA GUERRA TOTAL (en 2011)


Ya Evola y Carl Schmitt en el pasado siglo hicieron notar oportunamente que, a raíz de la irrupción de la modernidad, las guerras habían cambiado notoriamente sus caracteres esenciales en tanto pasaban de ser guerras parciales, acotadas a determinados problemas específicos y a espacios reducidos de territorio, para convertirse en guerras totales en las cuales ya no eran más meramente los ejércitos los que luchaban, ni los campos de batalla determinados con antelación los lugares en donde se desarrollaban los combates, sino el territorio entero, así como la población en su conjunto era la que participaba ahora de la misma. De este modo no nos encontramos más con ejércitos profesionales que combaten con otros de su mismo tenor, sino con la idea arraigada de la totalidad del ‘pueblo en armas’, de la guerra como un hecho que compromete y abarca a la nación entera. Y el enemigo al que se enfrenta ya no es el rival que simplemente disputa con nosotros un determinado espacio o una cierta hegemonía, sino que a partir de ahora pasa a convertirse en el representante del mal, el réprobo al que hay que no solamente vencer haciéndolo retornar a su condición anterior una vez que se ha lavado una ofensa, tal como sucediera siempre en las guerras normales, sino que se trata en cambio de una entidad maléfica a la que hay que aniquilar y destruir y ante la cual cualquier tipo de recurso, incluso reñido con cualquier norma jurídica o moral, resulta justificable en función de tal fin.
Este cambio de hábito y mentalidad, como en todos los casos, no se produjo de golpe sino que se ha venido operando lentamente, de manera sutil, en modo tal que las personas terminasen asumiendo como normal lo que es en cambio una situación de anomalía. El primer cambio se ha producido primero en el lenguaje cotidiano al haberse suprimido la distinción que siempre existiera entre el enemigo privado y el público al cual las lenguas clásicas calificaban con términos distintos: inimicus para el primero, hostis para el segundo. En el primer caso se trataba del enemigo moral, del desacreditado socialmente en tanto transgresor de la norma colectiva y frente al cual debía caberle la caída del peso de la totalidad de la ley en tanto había confrontado contra lo que se reputaba como bueno y el castigo y la sanción, luego de un juicio ejemplar que podía incluso llegar hasta la muerte de acuerdo al mal producido, representaba la secuela normal de tal conflicto. En cambio el enemigo político era el otro, aquel que era diferente de nosotros en tanto nos disputaba un mismo espacio y una condición de dominio y ante el cual, tal como aun se suele hacer en las competencias deportivas, se lo podía combatir con vigor y energía, pero una vez que había concluido la confrontación, con un vencedor y un vencido, con los pertinentes premios y castigos recabados del combate, se lo seguía respetando como tal, no considerándoselo distinto de uno ni transgresor de ley alguna, sino simplemente como aquel al cual la suerte de las armas le había sido adversa o provechosa. Y hasta en algunos casos, a medida que nos retrotraemos más en el tiempo, se juzgaba que en última instancia el resultado de un combate más que estar determinado por la acción del hombre, simbolizaba una elección divina por la cual, a través del mismo, quedaba establecido quién tenía razón y las cosas por lo tanto volvían siempre a la normalidad en tanto sea la victoria como la derrota eran reputados como un ‘juicio de Dios’ en relación al que se encontraba en lo justo ante un diferendo.
Con la modernidad las cosas serán muy diferentes: al haberse suprimido la dimensión de lo político, incluso en el lenguaje cotidiano en donde ha desaparecido ya la distinción con la esfera moral, el enemigo pasa a ser asimilado al mismo grado del transgresor de una norma ética. Y esta concepción, si bien tuvo varios antecedentes, realizará su verdadera irrupción con las dos guerras mundiales, en un grado cada vez mayor y ascendente hasta llegar a nuestros mismos días con una guerra no declarada pero que se está combatiendo en donde tal postura de guerra total ha alcanzado límites de verdadero paroxismo. Ya en la Primera, luego de una vasta campaña propagandística en la que se calificaba a uno de los bandos como asesino y criminal, es decir como inimicus y no como hostis, cuando la misma llegara a su conclusión, en el famoso Tratado de Versailles, se le impusieron condiciones al vencido similares a las que se le aplican a un bandido que ha destruido una hacienda ajena, lo que debe reparar con la totalidad de su patrimonio, hipotecando así el futuro de tal nación y estableciendo así por sus condiciones humillantes y depredadoras, las bases necesarias para que por reacción y resentimiento se produjese el estallido de una Segunda guerra la cual, luego de un transcurso similar e incluso más agravado en su desarrollo y en las demonizaciones pertinentes del enemigo, llegó aun más lejos en los procedimientos implementados contra el vencido, enjuiciando a través de un tribunal establecido ad hoc (hecho inédito en la historia universal del derecho) a los derrotados a los que incluso se llegó a ajusticiar.
Evola hace notar aquí la paradoja de lo que aconteciera en las dos guerras. Las fuerzas vencedoras en los dos casos representaban los principios propios de la burguesía, triunfantes en la revolución francesa, para los cuales la guerra era concebida como un mal en sí mismo que había que llegar a eliminar con el tiempo en tanto significaba un obstáculo para la obtención del bienestar, pero paradojalmente se reputaba que para llegarse a tal situación de paz perpetua y universal, ello debía hacerse a través de la guerra misma la cual, en tanto era concebida como una lucha en contra de la guerra en tanto tal, debía por lo tanto ser total y absoluta como si se tratara del combate final de los últimos tiempos entre ángeles buenos y malos. Mientras que en la antigüedad la guerra se la consideraba como una situación normal en el hombre por la cual se buscaba la resolución de un conflicto que no se podía efectuar por otra vía, ahora por el contrario la misma es reputada en sí misma un mal, una cosa que debe ser eliminada totalmente de la naturaleza humana. Por lo que la guerra se fue perfilando siempre más como un antagonismo absoluto entre dos bandos, el de los buenos y pacifistas que querían el bienestar de la humanidad y el de los malos y militaristas que en cambio buscaban lo contrario. Sucedió así que en los casos de las dos guerras aludidas el ‘enemigo’ representaba aquella fuerza que primeramente a través de la figura del militarismo prusiano y luego del nazismo significaba, por el contrario de lo sustentado por la revolución francesa, la primacía del factor político y militar por sobre lo económico y burgués. El aspecto absurdo pues que se nos presenta es que la ideología pacifista y burguesa, en la medida en que ha hecho de la lucha en contra de la guerra su propia razón de ser le ha otorgado a la misma una carga emocional más que significativa, volcando hacia tal meta una cantidad ingente de recursos y paradojalmente, a pesar de su pacifismo, ha terminado convirtiendo a ésta en total y absoluta no teniendo pues ningún límite en su alcance y aplicación pudiendo abarcarlo absolutamente todo, hasta poblaciones enteras que, en función de tales ‘nobles principios’, son masacradas meticulosamente mediante el empleo de armas letales con secuelas para generaciones futuras en razón de los ‘progresos’ en la energía atómica con daños genéticos irreversibles, pues en realidad las víctimas se estarían sacrificando en función de esa gran meta universal de lucha en contra de la guerra y por la paz perpetua. Resulta curioso al respecto la facilidad con la que se sigue aceptando hoy en día que en función de dicha ‘paz’ y de la lucha en contra del belicismo y por los derechos humanos, la nación que se ha reputado campeona en la defensa de éstos haya sido la única en la historia que haya lanzado dos bombas atómicas sobre indefensas poblaciones civiles produciendo daños que aun hoy se computan y que incluso se haya llegado en su momento a la desfachatez de denominar a tal acción como ‘bomba de la paz’ en tanto de acuerdo a su lógica se trataba de una acción signada por el noble principio de la lucha en contra de la guerra. Y más absurdo todavía resulta que sea esta misma nación y sus satélites las que hoy adviertan al mundo de los grandes peligros representados por el hecho de que alguna fuerza ‘terrorista’ (como si acaso ellos no lo fueran) pudiese hacerse con tales armas que en realidad sólo ellos han sido capaces de usar sin escrúpulo alguno. (1)
Pero esta situación de extrema radicalización de las guerras en una instancia absoluta que no se conociera nunca en la historia universal, a pesar de reputarse a ésta época como la más perfecta y superior a todas las que le han preexistido, nos ha traído otra paradoja. En la medida que las guerras se han hecho cada vez más riesgosas en cuanto a las secuelas que puedan producir por la utilización de armas nucleares se ha llegado así a la situación de que tal procedimiento que antes se utilizaba como una manera efectiva para dirimir un conflicto de un modo definitivo permitiendo así a las partes abocarse a un nuevo asunto tras su conclusión, ahora en cambio por la razón antes apuntada se evita hacer o declarar las guerras por los riesgos que éstas conllevan para el ‘bien de la humanidad’ en razón de su carácter total y deletéreo, sin que por otro lado esto signifique la desaparición de situaciones hostiles entre los contrincantes, sino por el contrario acontece que la no realización de una guerra que permitiría poner punto final a un problema hace que deban sucederse interminables acciones colaterales de hostigamiento y de guerras no declaradas, como por ejemplo la que los EEUU hoy desarrollan en Pakistán, con matanzas sistemáticas, pero no hechas públicas a fin de no sensibilizar en exceso a los organismos de derechos ‘humanos’ muy preocupados con otras cuestiones, de aproximadamente unas 300 personas semanales entre la población civil de este país mediante el uso de aviones inteligentes o ‘drones’ que lanzan sistemáticamente misiles también inteligentes, pero no tanto, contra blancos que se encuentran en poblaciones con la seguridad de que mezclados entre las mismas se esconden también tremendos terroristas, es decir esas personas que representan esa mentalidad belicista que hoy en día interfiere con el progreso y que por lo tanto hay que destruir a fin de alcanzar la meta de la paz perpetua.
Y como la cadena pareciera no tener un límite de contención donde hemos llegado al descontrol absoluto en lo concerniente a situaciones de guerra total y sin reglas de ningún tipo lo tenemos con lo acontecido en estos días con el reciente ‘asesinato’ de Osama Bin Laden. Notemos al respecto que ya en la misma calificación del hecho los medios del mismo sistema, con una desenvoltura alarmante, no hablan ya de ajusticiamiento de una persona. Nadie por ejemplo hubiera dicho hace 60 años que se asesinó a los condenados en Nüremberg cuando tras un juicio parecido a un linchamiento se los ahorcó, sino que en ese entonces, conservando aun alguna forma, se decía todavía ajusticiamiento. Ahora en cambio pareciera que las últimas barreras de la hipocresía se han roto de manera definitiva y que no exista ni siquiera el cuidado por las apariencias utilizándose por primera vez palabras que son más propias de un ilegal que de un sistema basado en la ley y lo más inverosímil es que se lo haga en notoria transgresión del mismo en referencia al tema propio de lo que significaría la defensa de la civilización y los demás valores de la modernidad. Por lo tanto hemos entrado ya a un terreno en el cual, de acuerdo a la lógica propia de la guerra total, todo vale en contra de aquel al que se reputa como enemigo de dicha civilización, aun aquellos procedimientos que de palabra la misma niega enfáticamente y por los que dice estar dispuesta a combatir. No solamente es lícito asesinar a un enemigo indefenso y aun decirlo sin ambages, sino que también lo es torturar a alguien para saber dónde se encuentra el peligroso terrorista al que se va a luego a asesinar. Y más todavía, para evitar que del mismo pueda haber alguna memoria heroica, es decir para completar el acto de asesinato, hasta se lanza el cadáver al mar violando hasta las normas más elementales de la humanidad. La frase de Obama manifestando luego de tal sarta de fechorías que ya más nada le está prohibido hacer a los EEUU, es digna más que de un presidente ganador de un premio Nobel, de Al Capone. Ya en su momento al referirnos a las cualidades extremistas propias de una descendiente de esclavos libertos, como la ex secretaria de Estado de Bush, Condolezza, explicamos cómo en ciertos individuos de la raza negra, atávicamente desposeída y postergada, estas acciones de revanchismo suelen hallarse plasmadas a través de la asunción fanática de los principios de la modernidad.
Hemos llegado pues a la instancia final de la guerra total en la cual la lucha contra el enemigo absoluto no admite más ni siquiera la alegación de la ley, como en cambio se lo hiciera en grados sucesivos en las dos anteriores contiendas mundiales. Todo vale ahora en la guerra total, pareciera haberse llegado al punto del combate final entre dos enemigos irreconciliables en el cual todo es posible hacer con tal de llegarse al aniquilamiento del otro. Ante ello la consideración final que nos queda se refiere a la actitud a asumir por parte de quienes, al no reputarse modernos es decir al no concordar con los valores de tal civilización señera, hoy se encuentran también transitando aun en contra de su voluntad por la condición de ‘enemigos’ y en situación de guerra total. Hemos llegado así a la conclusión de que de que al hallarnos en la etapa última y más aguda de tal circunstancia, habiéndose estereotipado hasta límites extremos el concepto de enemistad política en donde vemos cómo el moderno con tal de hacer valer los principios que él considera como los únicos valederos se encuentra dispuesto aun al exterminio y aniquilamiento de todos aquellos que no quieran compartirlos.
¿Qué hacer entonces cuando la guerra ha alcanzado la condición de total? ¿Cuáles son los medios que debe asumir un hombre de la tradición que conserva aun los valores del heroísmo y del espíritu que informaron a las grandes órdenes de la caballería? Indudablemente de la misma manera que no se puede enfrentar con una lanza un tanque de guerra, tampoco es posible practicar las reglas propias del caballero cuando uno no se encuentra frente a un par. La consigna debe ser pues la que ya formulara en su momento Ernst Jünger en una obra que lleva su mismo nombre: la movilización total. Se trata aquí de movilizar en el hombre todas aquellas grandes energías especialmente las que han sido postergadas en un mundo abismal en cuanto a la negación del ser y de todos los valores; frente al nihilismo que el mismo conlleva se trata de efectuar una afirmación absoluta de sí mismo. Y la idea tendría que ser aquí que si el moderno en la guerra total ha movilizado la totalidad de sus medios para hacer frente a quienes lo niegan en su esencia en modo tal de no medir ningún tipo de acciones ni reglas, estando dispuesto a utilizar absolutamente todo lo que encuentre a su alcance, aquí habría que hacer hincapié en aquello que posee la tradición y de lo cual en cambio carece el moderno, que es propiamente la vía de la trascendencia. Al respecto Julius Evola en un texto significativo, al analizar el fenómeno kamikaze en Japón durante la segunda guerra, lo concibió como un procedimiento idóneo para destruir el poderío de la sociedad de la máquina y de la mera vida sustentada por la modernidad. El kamikaze, representa justamente aquella instancia de la movilización total de la persona en la contienda bélica, se trata de aquel que es capaz de poner en juego una dimensión superior de la que el moderno carece, que es la de la trascendencia, de aquello que es más que simple vida. Justamente una de las características propias de la guerra total implementada por el moderno consiste en haber tratado de sustituir en la mayor medida posible al hombre por la máquina ya que éste en la guerra que él lleva a cabo en contra de la guerra lo que busca en última instancia es seguir estando vivo a cualquier precio para seguir disfrutando de la vida, el kamikaze en cambio no lucha en contra de la guerra, sino que ve en ésta un camino para conquistar el cielo. Esto permite desplegar un heroísmo superior del que la fuerza moderna carece totalmente. En el artículo aludido el autor hacía notar sin embargo con un cierto pesimismo que dicha acción fracasó por haberse emprendido demasiado tarde cuando ya la guerra estaba concluyendo y como una estrategia última y desesperada a fin de defender posiciones que ya se daban por perdidas. Esto es justamente lo que no sucede ahora en la actual etapa de la guerra total en los diferentes frentes abiertos especialmente en el mundo musulmán. Allí el kamikaze o mártir está presente desde el comienzo de la misma en la medida en que se pretende de esta manera contrarrestar la abrumadora superioridad de la máquina que presenta el enemigo moderno en su contienda produciéndole daños incalculables. Desde nuestro punto de vista ésta será el arma a la que no podrá hacer frente el mundo moderno y lo que tarde o temprano representará el comienzo de su final y será el camino idóneo paradojalmente para terminar con esta anomalía de guerra total.


(1) Causa verdadero asombro, cuando no repugnancia, leer cómo en medios que tendrían que ser afines a estos principios que aquí sustentamos se siga calificando a personas como Bin Laden y a otras de su misma orientación como ‘terroristas’ haciendo así pensar que los que los persiguen y combaten en cambio no lo serían. En realidad lo que habría que decir es que si se reputan como terroristas las acciones bélicas de Al Qaeda por haber acontecido en ciudades y contra objetivos en algunos casos civiles, ello no ha sido causado por tal organización sino que se trata de un procedimiento de represalia ante acciones similares efectuadas en diferentes países del mundo musulmán por parte de la aviación norteamericana. Y las acciones de represalia siempre fueron lícitas en todas las guerras.

Marcos Ghio
29/05/11

lunes, 23 de mayo de 2011

LA OLA DEMOCRÁTICA


En cualquier caso las distintas rebeliones democráticas que se suceden, sea en el mundo árabe como en Europa, nos resultan sumamente satisfactorias por razones que obviamente no son las mismas que sustentan los modernos.
Quizás el mejor ejemplo de cómo el mismo hecho pueda recibir adhesiones contrastantes ha sido el caso notorio conocido en esta semana de las declaraciones emitidas sea por el presidente Obama como el propalado cassete del último mensaje del asesinado Osama demostrando ambos su conformidad e incluso entusiasmo con las rebeliones que se estaban sucediendo específicamente en el norte del África desencadenadas a partir de las revueltas callejeras estalladas en las distintas plazas Tahir. Pero por supuesto las razones que impulsaron a ambos han sido sumamente diferentes. Mientras que el yanqui ve en tales revueltas la confirmación de la utopia moderna para la cual el mundo marcha espontáneamente hacia el triunfo de la democracia a la cual se considera como el reino de la jauja universal y el progreso, Bin Laden en cambio opinaba que representan el camino apropiado para que el fundamentalismo, es decir el régimen que rechaza tal sistema en tanto sostiene el califato y la Sharia, pueda prosperar. Y al respecto nos recuerda el caso específico de Irak. Antes, con la dictadura de Saddam, el fundamentalismo no existía en tal país, pero ahora, gracias a la invasión norteamericana y a la ‘democracia’ que allí se ha instalado, se ha convertido en la fuerza política alternativa y en el gobierno paralelo existente. Ya en Túnez, Egipto y principalmente en Libia dicho movimiento, que también antes no existía o era irrelevante, está de a poco comenzando a ocupar espacios en modo tal de convertirse en la verdadera alternativa en el proceso revolucionario (1). Por ejemplo se han conocido varios hechos que avalan tal tendencia. En Egipto, luego de la rebelión ‘democrática’, han quedado en libertad los principales miembros de la organización fundamentalista, algunos de los cuales incriminados en el atentado que diera con la vida del ex presidente Sadat. En Túnez el partido islamista, otrora proscripto por el régimen destituido, ha retornado a la actividad presentándose como la principal fuerza en el próximo proceso electoral. Y el acontecimiento principal lo hemos vivido en Libia en donde no han sido casuales las denuncias efectuadas por Gaddafi en el sentido de que es Al Qaeda la fuerza que está dirigiendo la rebelión en su contra y que en la localidad de Verna en Cirenaica ya está funcionado un emirato. Y se podría continuar con ejemplos similares y aun más significativos como en Yemen en donde Al Qaeda ya controla una región del país o en Jordania y hasta en la misma Siria en donde se manifiesta una participación activa en las protestas populares.
Pero nosotros queremos referirnos aquí a las recientes revueltas democráticas que hoy acontecen en distintas ciudades europeas y que han tenido su origen en un movimiento espontáneo de jóvenes autoconvocados por Internet en la plaza del Sol de Madrid el pasado 15 de mayo. Se ha querido al respecto vincular tal movimiento con lo acontecido en las plazas Tahir del norte del África y se ha dicho, al mejor estilo de Obama, que esto es una nueva expresión de la primavera democrática que sacude al mundo entero. Sin embargo hay que hacer aquí algunas aclaraciones indispensables. La situación que hoy se vive en Europa no es por supuesto la misma del mundo árabe. Mientras que en este último caso la consigna es la salida del poder de regímenes dictatoriales estrechamente vinculados con el ‘mundo libre’ y enfrentados a la fuerza islamista en modo tal de haber sido impulsados por éste en su momento como una forma de contención, allí es en cambio a la inversa lo que sucede. La rebelión es contra gobiernos que son también democráticos y a los cuales se quiere desplazar sustentando justamente el mismo principio en que éstos se fundan: la idea de la democracia universal omnicomprensiva y como bien supremo y absoluto. Los jóvenes y los que no lo son tanto que hoy protestan no lo hacen porque quieran por primera vez implantar una democracia como sustituto de una dictadura, como en cambio sucediera en el Norte del África, sino que lo que los ha motivado a hacerlo ha sido la profunda crisis que vive el país acontecida en el contexto de un sistema democrático. Y al respecto no ha sido casual que haya sido en España el lugar en donde se ha desencadenado tal movimiento en tanto que es aquel que está padeciendo esta situación en su forma más dura con cerca del 20% de su población activa desocupada.
Yendo ahora al problema que nos importa relativo a los principios que se sostienen en tales revueltas, habría que explicar que lo que dicho movimiento no intuye ni siquiera remotamente es que el verdadero mal que ha sacudido a la población europea no ha sido la falta de democracia, sino a la inversa la existencia en exceso de tal sistema perverso, el cual como tal, como un verdadero cáncer, tiende siempre a propagarse, siendo ellos mismos, sin darse cuenta, una verdadera consecuencia y no una negación del proceso. La democracia se basa en una falacia fundamental que es la de considerar que el hombre no necesita ser gobernado, sino que solamente precisa contar con una buena administración de los recursos que tiene a su alcance. Y al respecto, en tanto se basa en una verdadera impostura, ha gestado una maliciosa confusión semántica al identificar entre sí a tales términos opuestos, administración y gobierno, del mismo modo que lo ha hecho también con los de individuo y persona, como si se tratasen de una misma cosa. Resaltemos una vez más que entendemos por gobierno la acción efectuada para hacer primar en el hombre la parte superior de sí mismo por sobre la inferior, lo racional sobre lo sensitivo, la voluntad libre por sobre el mero instinto o capricho, es decir de lo espiritual sobre lo material. Y esto, que sólo en algunos puede ser efectuado por uno mismo, en la mayoría debe ser realizado por otros, consistiendo en esto justamente la función de gobernar, la que se basa en el principio opuesto que rige en la democracia, el carácter desigual de las personas en tanto, tal como se afirma desde Platón, se encuentran aquellos que por una disposición superior han sido capaces de gobernarse a sí mismos y la inmensa mayoría que en cambio, en tanto no es capaz de hacerlo, necesita de otro que la guíe y conduzca para tal fin.
La idea tradicional es pues la de que el hombre debe ser rectificado en su naturaleza, que la existencia no es una cosa dada de manera definitiva, sino que es un combate incesante para hacer primar en éste su condición superior de persona por sobre la de mero individuo gregario y animal y que, como se trata de una lucha, hay algunos que ganan y otros que sucumben, hay algunos que alcanzan a ser personas y otros que en cambio consumen toda su vida sin siquiera haber rozado mínimamente un rasgo de tal condición. Lo cual es exactamente al revés de lo que sucede con la democracia instaurada en nuestro mundo a partir de la revolución francesa, aunque con claros antecedentes en movimientos anteriores. Para ésta por el contrario, la naturaleza que se trae al nacer no debe ser modificada, es decir educada y gobernada, sino en cambio a la inversa la función del gobierno (en realidad de la administración) es la de facilitar su libre despliegue, evitando todos los obstáculos ‘autoritarios’ y ‘fachistas’ que interfieran con el mismo. Sucederá entonces que al habérsele vedado al hombre la esfera espiritual más alta, la que era una cosa espontánea y libre solamente en las aristocracias en el verdadero sentido del término, las que actuaban como un faro de luz para el resto, la humanidad democrática ha quedado recluida a la dimensión de la materia y la economía por lo cual hoy en día se entiende por buen gobierno ya no más el que conduce al hombre hacia las dimensiones superiores que conviertan a los gobernados en seres libres y personas, sino a aquel que por su mayor destreza y astucia despliega las mejores posibilidades en la función de llenar el vientre de los habitantes, sin importar en tal caso la estatura espiritual que pueda tener. Eso es también lo que explica que sea recién en el momento en que el estómago comience a crujir y cuando no se posean más las capacidades propias del consumo absoluto que la democracia promete sea entonces allí que las personas se den cuenta de que los gobernantes son ladrones y corruptos. Y esto tiene una explicación muy clara. Como el mundo que propone la democracia no es el espiritual, no es más el paraíso en el cielo, sino en la tierra, la materia y esta existencia se convierten en el absoluto que debe ser colmado siempre más con bienes y placeres, el reino de lo cuantitativo que incluso se expresa numéricamente con los votos, en modo tal de que si a esto le asociamos las campañas propagandísticas para consumir siempre más cosas y ocupar y aturdir nuestro tiempo libre siempre con más objetos y tecnologías superfluas, además de las severas destrucciones al medio ambiente que se produce en razón de tal compulsión, sería necesario hoy en día tener un planeta al menos cincuenta veces más grande para satisfacer todas las necesidades que se han creado en función del nuevo cielo que se promete para que pueda ser disfrutado por todos los habitantes.
No casualmente estos movimientos piden más democracia en tanto que no solicitan que se les brinde una forma diferente de ser, alguien que los gobierne indicándoles un camino superior al de este mundo en crepúsculo por el que transitan, sino por el contrario poder realizar con menos gobierno que antes, es decir con más democracia, lo que ésta les prometía y no lograba hacer. Es indudable que todo esto, que debe acompañarse también de un desaforado pacifismo en tanto la guerra sería un obstáculo para el placer y el consumo que solicitan a gritos, así como por un rechazo por toda forma de fascismo y ‘autoritarismo’ es decir por toda cosa que refrene sus desórdenes, esté destinado a profundizar aun más la crisis del sistema sumiéndolo en una situación de caos y parálisis irreversibles. Y en tal aspecto debemos considerarlo positivo, pues se trata como el síntoma de un proceso terminal, en tanto que el nuevo árbol sólo brotará de las ruinas del mundo anterior y bien sabemos que para que éste crezca con mayor rapidez y vigor el abono cumple una adecuada función.


(1) Esta circunstancia real e irrebatible ha hecho que un notorio agente del sistema como el francés Thierry Meyssan, encargado a través de su página Voltaire de desprestigiar al movimiento fundamentalista considerándolo falsamente como agente de la CIA, haya dicho que porque ahora Al Qaeda se habrá de convertir en la fuerza que se pondrá en la cresta de la revuelta contra los gobiernos árabes, que los EEUU quieren desalojar del poder en tanto se han convertido en sumamente impopulares, entonces habría vuelto a convertirse en buena, tal como lo fuera antes cuando combatiera al comunismo en Afganistán. Y que por tal razón se habría desembarazado de Bin Laden, en tanto era la representación del factor malo y antinorteamericano de tal fuerza. En su esquematismo personas como Meyssan no pueden concebir que existan seres libres que no tengan por qué obedecer a alguno de los poderes en pugna, ni al poder norteamericano contra el cual él se ubica ni al ruso, la otra cara del sistema, al cual sirve desde hace tantos años.

Marcos Ghio
23/05/11