lunes, 7 de marzo de 2016

EVOLA: NORTEAMÉRICA NEGRIFICADA


              NORTEAMÉRICA NEGRIFICADA



Reproducimos a continuación partes del capítulo IV de la obra de Julius Evola, El Arco y la Clava, en la cual se ocupa de analizar caracteres propios del alma del norteamericano, al que califica acertadamente como el pueblo arquetípico de la decadencia. En tal sentido lo interesante a destacar es que, si bien ha esclavizado primero y luego ha segregado al negro en su sociedad, no ha dejado sin embargo de asumir sus hábitos y costumbres en modo tal de haber asimilado a lo negro como componente esencial de la propia alma. Por supuesto que habría que agregar que al negro primitivo y en situación de esclavitud, pues como bien explica el autor no es lo negro un condicionamiento biológico que signifique necesariamente inferioridad. Las músicas negras que en el seno de una sociedad libre pudieron tener hasta un sentido religioso y sagrado, en el contexto de esclavitud y servidumbre impuesto por el mundo norteamericano se han convertido por el contrario en elementos de decadencia y descomposición.
Distinto hubiera sido si el norteamericano hubiera tomado al piel roja como su antecedente, respecto del cual es mucho más lo que hubiera podido aprender en razón del carácter tradicional que el mismo expresara en sus costumbres. En cambio en Norteamérica se han combinado dos elementos de decadencia generando así una civilización pervertida. Por un lado la negritud producto de una situación de esclavitud que ha producido el clima de primitivismo, infantilismo y culto por la fuerza bruta que hoy se vive y por otro las sectas protestantes más fanáticas, expulsadas del suelo inglés por su extremismo, tales como los cuáqueros y puritanos, lo que lo ha impulsado a lo largo de la historia a querer imponer compulsivamente y por todas partes sus propios valores a los que reputa como los únicos buenos y verdaderos. Este cóctel de elementos dispares ha dado lugar a esta auténtica anomalía que es la civilización norteamericana.



Respecto de los Estados Unidos se ha usado, no equivocadamente, la imagen de un crisol. Ellos nos muestran efectivamente uno de los casos en los cuales, a partir de una materia prima cuanto más heterogénea, ha tomado forma un tipo humano que presenta características en gran medida uniformes y constantes. Hombres de los pueblos más diferentes, al transferirse a tal país, reciben por lo demás la misma huella; es raro que luego de dos generaciones éstos no pierdan casi todas sus características originarias y no reproduzcan un tipo bastante unitario como mentalidad, sensibilidad y modo de comportarse: el tipo del norteamericano.
Al respecto aquí no se compaginan ciertas teorías, como las formuladas por Frobenius y por Spengler, los cuales han supuesto una estrecha relación entre las formas de una civilización y una especie de “alma” vinculada al ambiente natural, al “paisaje” y a la población originaria. Si ello fuese así, en Estados Unidos una parte esencial habría tenido que tenerla el elemento indígena, constituido por los Amerindios, es decir los pielesrojas. Los pielesrojas eran razas que presentaban una fiereza con su estilo, con una dignidad, una sensibilidad y una religiosidad propia; no erradamente un escritor tradicionalista, F. Schuon, ha hablado de la presencia en su ser de algo de carácter “aquilino y solar”. Y nosotros no tememos en afirmar que, si hubiese sido su espíritu el que hubiese impregnado en forma sensible en sus mejores aspectos y en un plano adecuado, la inmensa materia del “crisol norteamericano”, el nivel de dicha civilización sería posiblemente más alto 1.
En vez, prescindiendo del componente puritano-protestante (el cual, a su vez, en razón de su valorización fetichista del Antiguo Testamento, expresa no pocas tendencias judaizantes), parece que justamente el elemento negro, en su primitivismo, haya sido el que dio el tono a los aspectos relevantes de la psiquis norteamericana. Es ya característico el hecho de que, cuando en Norteamérica se habla de folklore, es a los negros que se refieren, casi como si éstos fuesen los habitantes originarios del país. Por lo cual, como una obra clásica que se habría inspirado en el “folklore norteamericano” en los Estados Unidos es considerado el famoso Porgy and Bess de Gerschwin, que trata exclusivamente de negros. El mismo autor declaró en su momento que, para ambientarse, transcurrió un cierto período entre los negros norteamericanos.
Pero aun más impactante y generalizado es el fenómeno constituido por la música ligera bailable. No puede negársele la razón a Fitzgerald el cual ha dicho que, en uno de sus principales aspectos, la civilización yankee puede ser denominada como una civilización del jazz, lo cual significa que se trata de una música y una danza negrizadas o negrificadoras. En tal dominio unas muy singulares “afinidades electivas” han llevado, a través del camino consistente en un proceso regresivo y de primitivización, a Norteamérica a inspirarse justamente en los negros, casi como si para buscar ritmos y formas frenéticas como eventual compensación justificadora por la mecanizada y sin alma civilización mecánica y material moderna, mucho mejor no hubiesen podido ofrecer múltiples fuentes rastreables en el área europea. En otra ocasión hemos mencionado, por ejemplo, los ritmos de danza de Europa sud-oriental, que muchas veces poseen algo dionisíaco. Pero Estados Unidos ha hecho su elección inspirándose en los negros y en los afro-cubanos, y de tal país el contagio se ha extendido poco a poco a todos los demás.
El componente negro en la psiquis norteamericana había sido ya notado en su momento por el psicoanalista C.G. Jung. Vale la pena referir algunas observaciones suyas:
“Lo que me asombró sobremanera en los Norteamericanos fue la gran influencia del negro. Influencia psicológica, puesto que no quiero hablar de ciertas mezclas de sangre. Las expresiones emotivas del Norteamericano y, en primer lugar, su manera de reír, se pueden estudiar perfectamente en los suplementos de los diarios yankees dedicados a la society gossip. Aquel modo inimitable de reír, de reír a lo Roosevelt, es visible en su forma original en el negro de ese país. Aquella manera característica de caminar con las articulaciones relajadas, o bien balanceando las caderas, que se ve en forma tan habitual en los yankees, deriva de los negros. La música norteamericana le debe a los negros sus principales inspiraciones. Las danzas yankees son danzas de negros. Las manifestaciones del sentimiento religioso, los holy rollers y otros fenómenos anormales norteamericanos están en gran medida influidos por el negro. El temperamento extremadamente vivo, que en general no se manifiesta tan sólo en el juego del base ball, sino también y en manera particular, en la expresión verbal, el flujo continuo, ilimitado de las charlas que caracteriza a los diarios norteamericanos, es un ejemplo notable de ello; no deriva por cierto de los progenitores de estirpe germánica, sino que se asemeja al chattering de aldea negra. La casi completa falta de intimidad y de vida colectiva que todo lo retoma y divulga nos recuerdan, en los Estados Unidos, a la  vida primitiva en las cabañas abiertas en donde reina una completa promiscuidad de todos los miembros de la tribu”.
Continuando con sus observaciones Jung termina preguntándose si los habitantes del nuevo continente pueden todavía ser considerados como Europeos. Pero tales relieves pueden ser desarrollados con más amplitud.
Aquella brutalidad que es uno de los aspectos innegables del Norteamericano puede bien definirse como de origen negro. En los felices días de aquello que Eisenhower no se preocupó por denominar como la “cruzada en Europa” y en los primeros períodos de la ocupación se han podido observar formas  típicas de tal brutalidad, es más, se ha visto que a veces el norteamericano “blanco” ha ido aun más lejos que su compatriota negro, con el cual, en muchos aspectos compartía muchas veces el infantilismo.
En general el gusto por la brutalidad parece ya ser algo connatural al alma norteamericana. Es verdad que el más brutal de los deportes, el boxeo, ha nacido en Inglaterra, pero es en los Estados Unidos que el mismo ha tenido los desarrollos más aberrantes y que se ha convertido en el objeto de un fanatismo colectivo, muy pronto transmitido a los otros pueblos. Con respecto al gusto de ir a las piñas o a las manos en la manera más salvaje, es suficiente por lo demás considerar una gran cantidad de películas, series y de gran parte de la literatura yankee “amarilla”: el pugilato minúsculo es allí un tema constante, evidentemente porque ello responde al gusto de los espectadores y de los lectores de tal país para los cuales parece haberse convertido en un símbolo de gran virilidad. La nación-guía norteamericana en vez ha relegado, más que cualquier otra, entre las antiguallas ridículas europeas, aquella forma de arreglar las cosas por el camino de una controversia, siguiendo normas rigurosas, sin recurrir a la fuerza bruta y primitiva del simple brazo o puño, lo cual podía corresponder al duelo tradicional. No es necesario subrayar el estridente contraste entre tal rasgo norteamericano y lo que fue el ideal de comportamiento de gentleman de los Ingleses, los cuales sin embargo han constituido un componente del pueblo originario de los Estados Unidos.
El hombre occidental moderno, que en gran medida es un tipo regresivo, puede ser comparado en muchos de sus aspectos a un crustáceo; es tan “duro” en su aspecto exterior del comportamiento de hombre de acción, de emprendedor sin escrúpulos, de organizador, etc., del mismo modo que es “blando” e inconsistente como sustancia interior. Ahora bien, todo esto es verdad de manera eminente en el Norteamericano, en cuanto éste representa al tipo occidental desviado llevado hasta los extremos. Pero aquí se encuentra otra afinidad con el negro. Un sentimiento caduco, un pathos banal, en especial en las relaciones sentimentales, acercan al norteamericano con el negro mucho más que con el Europeo verdaderamente civilizado. A tal respecto, a partir de numerosas novelas norteamericanas típicas y también nuevamente de canciones, además que del cine y de la vida privada corriente, el observador puede extraer fácilmente testimonios indubitables.
Que el erotismo del Norteamericano sea tan pandémico cuanto, técnicamente hablando, primitivo, ello ha sido deplorado también por las mismas jóvenes y mujeres de los EE.UU. Lo cual remite a otra convergencia con lo que es propio de las razas negras, en las cuales, la parte, a veces obsesiva, que desde los orígenes han tenido el erotismo y la sexualidad se ha asociado justamente a un primitivismo; así estas razas, a diferencia de los Orientales, del mundo occidental antiguo y de otros pueblos, no han conocido un ars amatoria digna de tal nombre. Las ensalzadas altas prestaciones sexuales negras en realidad no tienen más que un grosero carácter cuantitativo priápico.
Otro aspecto importante del primitivismo norteamericano se refiere al concepto de la “grandeza”. Werner Sombart ha felizmente resaltado este punto diciendo: they mistake bigness for greatness, frase que se podría traducir así: ellos confunden la grandeza material con la grandeza verdadera, espiritual.  Ahora bien, este aspecto no se lo encuentra en todos los pueblos no-europeos o de color. Por ejemplo, un Árabe auténtico de antigua raza, un Pielroja, un extremo-oriental no se dejan impresionar demasiado por todo lo que es tan sólo grandeza externa, material, cuantitativa, comprendida la vinculada a las maquinas, a la técnica y a la economía (prescindiendo naturalmente de los elementos ya europeizados). Para ello era necesario una raza en verdad  primitiva e infantil como la negra. No es exagerado decir que el tonto orgullo de los Norteamericanos por su “grandeza” de carácter espectacular, por los achievements de su civilización se resiente pues también ello de la psiquis negra.
En este contexto se puede mencionar una de las estupideces que muchas veces se sienten repetir, es decir, que los Norteamericanos serían una “raza joven”, lo cual tiene como tácito corolario que a ella le pertenecería el provenir. Sólo una mirada miope puede fácilmente confundir los rasgos de una efectiva juventud con los de un infantilismo regresivo. Por lo demás, en rigor, siguiendo la concepción tradicional, las perspectivas son invertidas. A pesar de las apariencias, los pueblos recientes, al haber llegado por último, por haberse en mayor medida alejado de los orígenes, deben denominarse como los más viejos y por lo tanto crepusculares. Ésta es una concepción que por lo demás halla una correspondencia en el mundo de los organismos 4. Ello explica el paradojal encuentro de los presuntos pueblos “jóvenes”, en el sentido justamente de pueblos que llegaron por último, con razas verdaderamente primitivas, que han permanecido siempre afuera de la gran historia, explica el gusto por lo primitivo y el retorno al primitivismo. Lo hemos ya resaltado por la elección hecha por los Norteamericanos, en razón de una verdadera afinidad electiva, de la música negra y sub-tropical; pero el mismo fenómeno es visible también en otros dominios de la cultura y del arte más recientes. Nos podremos referir por ejemplo también a la valorización de la négritude de parte de existencialistas, de intelectuales y de artistas “progresistas” en Francia.
Por lo demás una conclusión a extraer de todo esto es que los Europeos y también los epígonos de civilizaciones superiores no europeas demuestran, a su vez, la misma mentalidad del primitivo y del provinciano cuando admiran  los Estados Unidos, cuando se dejan impresionar por tal país, cuando se norteamericanizan tontamente y de manera entusiasta creyendo que ello signifique ponerse en el rumbo del progreso, de dar prueba de una mente libre y abierta.
Así es como tenemos que también el “integracionismo” social y cultural negro se está difundiendo en la misma Europa y que incluso en Italia es propiciada una acción hipócrita en especial a través de películas importadas (en donde negros y blancos aparecen mezclados en las funciones sociales, como jueces, abogados, policías, etc.) y la televisión, en espectáculos con bailarinas y cantantes negras puestas junto con las blancas, a fin de que el gran público se acostumbre poco a poco con la promiscuidad y pierda cualquier remanente de natural sensibilidad de raza y de sentido de distancia. El fanatismo ha suscitado aquella masa informe y aullante de carne que es la negra Hella Fitzgerald en sus exhibiciones en Italia, lo cual es un fenómeno tan triste como indicativo. También lo es el hecho de que la más abierta exaltación de la “cultura” negra, de la négritude, se deba a un alemán, Janheinz Jahn, en el libro “Muntu” publicado por una digna antigua casa editora de Alemania (¡el país del racismo ariano!), que un conocido editor de izquierda, Einaudi, se ha apresurado a difundir en traducción en dos ediciones. En tal libro delirante se llega a sostener que la “cultura” negra sería un óptimo medio para sanear la “civilización material” de Occidente...
Con respecto a las afinidades electivas norteamericanas, queremos mencionar todavía un punto. Podemos decir que si en EE.UU hay algo que parecía salvarse y que dejaba esperanzas, era el fenómeno constituido por aquella generación que se había convertido en una sostenedora de una especie de existencialismo rebelde anárquico, anticonformista y nihilista: la denominada beat generation, los beats, los hipsters y semejantes, sobre los cuales hablaremos luego. Y bien, la confraternización con los negros y una verdadera religión del jazz negro, la deliberada promiscuidad, también sexual y femenina, con los negros, son características como un aspecto esencial de tal movimiento. En su conocido ensayo, Norman Mailer, que ha sido uno de los principales exponentes del mismo, había establecido una especie de equiparación entre el negro y el tipo humano de la generación aludida, definiendo nada menos a este último como the white Negro, es decir, el “negro blanco”. Con mucha razón Fausto Gianfranceschi ha escrito a tal respecto: “Por la fascinación ejercida por la ‘cultura’ negra en los términos descritos por Mailer, se asoma enseguida un paralelismo –irrespetuoso– con la impresión que suscitó el mensaje de Federico Nietzsche a caballo de dos siglos. El punto de partida es la misma ansia por romper todas las fosilizaciones conformistas con una inmediata toma de conciencia del dato vital y existencial; pero ¡cuánta confusión, si el negro, tal como hoy se ha visto, con el jazz  y el orgasmo sexual, es elevado al pedestal del ‘superhombre’!”.
Pour la bonne bouche terminaremos con un testimonio significativo de un escritor norteamericano en nada banal, James Burnham (en The struggle for the world): “En la vida norteamericana hay rasgos de una desnuda brutalidad. Estos rasgos se revelan tanto en los linchamientos y en el gangsterismo en la propia patria cuanto en la vanidad y en la bellaquería de los soldados y de los turistas en el exterior. El provincialismo de la mentalidad norteamericana se expresa en una falta de comprensión por cualquier otro pueblo y cultura. Hay en muchos norteamericanos un desprecio de campesino por las ideas, por las tradiciones, por la historia, unido al orgullo por las pequeñas cosas vinculado al progreso material. ¿Quién, luego de haber escuchado una radio norteamericana, puede reprimir un temblor ante el pensamiento de que el precio por la supervivencia (de una sociedad no-comunista) sea la norteamericanización del mundo?”. Tal como lamentablemente en gran medida está sucediendo.

1 Un literato con pretensiones intelectuales, Salvatore Quasimodo, repudiando las ideas “racistas” expuestas aquí, nos ha acusado entre otras cosas, de contradicción porque, mientras estamos en contra de los negros, tributamos un reconocimiento a los amerindios. Él no sospecha que un “sano racismo” no tiene que ver con el prejuicio de la “piel blanca”; se trata esencialmente de una jerarquía de valores, en base a la cual decimos “no” a los negros, a todo lo que es negro y a las contaminaciones negras (las razas negras en tal jerarquía se encuentran apenas por encima de los primitivos de Australia, de acuerdo a una conocida morfología corresponden principalmente al tipo de las razas “nocturnas” y “telúricas”, en oposición a las “diurnas”), mientras que hubiéramos estado sin más dispuestos a admitir una superioridad respecto de los “blancos” de los estratos superiores hindúes, chinos, japoneses y de algunas estirpes árabes a pesar de la piel no blanca de los mismos, dado aquello a lo cual estaba ya reducida la raza blanca en la época de la expansión mercantilista-colonial.


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